No fueron pocas las voces que advirtieron desde el comienzo que más difícil que el peor momento de la pandemia de Covid-19 sería la post pandemia. Y es que la reactivación paulatina de ciertas actividades y la vuelta a la “normalidad” en un contexto golpeado por el coronavirus evidenciarían aún más las consecuencias.

Y si bien la pandemia no ha llegado a su fin todavía –de hecho, hace días desde el Ministerio de Salud de la Nación confirmaron el inicio oficial de la cuarta ola-, el alto porcentaje de la población vacunado permite que muchas actividades se desarrollen con una cuasi normalidad. Y las consecuencias de querer retomar la rutina luego del momento más crítico del Covid-19 comienzan a evidenciar esta crisis.

Los comedores y merenderos populares, aquellos que siempre han trabajado con personas en situación de vulnerabilidad, están entre los grandes afectados de este nuevo escenario. Ya sin ayudas extraordinarias ni IFE como paliativos y con un índice de pobreza que rasguña el 45% en Mendoza, en los últimos meses se incrementó considerablemente la cantidad de personas que asisten a estos lugares por un plato de comida. Y la inflación y crisis económica que golpea a la población en general ha llevado a que –lamentablemente- la ayuda haya disminuido.

El comedor "Horneritos", de Las Heras, asiste a 1.000 personas y no saben si podrán seguir funcionando. Foto: Los Andes. Foto: foto de Horneritos

Hace unos días, la referente del comedor “Horneritos” (El Algarrobal, Las Heras) describió con lágrimas en sus ojos que están dándole de comer a más de 1.000 personas por día en el lugar y que el lunes por la noche mucha gente se quedó sin un plato de comida, triste y enojada. Gabriela Carmona destacó, además, que si siguen así no tendrán otra alternativa (dolorosa) que cerrar sus puertas.

Y a esta situación se suma otra igual de desesperante: un comedor de la zona de Puente de Hierro (Guaymallén) que también ha visto crecer la cantidad de gente que llega por un plato de comida y que, de manera inversamente proporcional a este indicador, cada vez recibe menos ayuda voluntaria también. “Lo único que sustenta el comedor es la obra y gracia de Dios. Nadie más nos asegura ni garantiza la mercadería todos los meses”, indicó con desesperación Patricia Evangelista, responsable del merendero Granito de Fe del barrio Grilli (Guaymallén).

Mucho más que un plato de comida

Si bien su denominación suele ser “comedor” o “merendero” y la principal necesidad que buscan satisfacer es saciar el hambre de quienes menos tienen, estos espacios suelen ser más que un lugar para ir a buscar un plato de comida.

La historia de Macarena (18), una de las vecinas que vive en el Barrio Grilli de la zona de Puente de Hierro (Guaymallén) y que suele ser habitué del merendero Granito de Fe es un claro ejemplo de ello. “Maca tiene una nena de poco más de 2 años y tiene cáncer la bebita. Ya ha perdido un ojito por la enfermedad y es tremendo cómo la están peleando, ella y la mamá, que también es jovencita y viene al comedor. Encima ella (por Macarena) no está trabajando ya que tiene que cuidar a su hija, mientras que su pareja trabajaba en el ajo, pero como es por temporada ya terminó y se quedó sin trabajo”, resume Patricia, con la joven madre y la nenita a su lado.

Frío, pobreza y pandemia: historias de comedores que viven momentos críticos e imploran por ayuda. Foto: Gentileza Granito de Fe. Foto: Gentileza Granito de Fe.

Para Macarena y su beba, Granito de Fe es más que un simple merendero. Porque allí ella no solo encuentra un plato de comida, sino contención, ropa, zapatillas y hasta frazadas, tan necesarias en estos días en que el frío comienza a penetrar los poros. “Ellas viven en una casita humilde, de chapas, y ni siquiera tienen ventanas. Si alguien pudiera donarle ventanas, puertas, placares o mercadería, Maca y su nena estarían muy agradecidas”, cuenta Patricia, quien no solo se ha puesto al frente del merendero, sino también de la causa solidaria por madre e hija.

Más asistentes y menos asistencia

Patricia no está sola en el trabajo desinteresado y solidario que hace el merendero Granito de Fe. Junto a ella trabajan –también sin cobrar nada y con el solo afán de ayudar a los demás- Romina, Micaela, Patricia, Brenda, Daiana y Alejandra. Todas ellas se levantan temprano por la mañana para completar sus tareas en sus casas y, luego, para cocinar para los más de 400 chicos y sus familiares que llegan al lugar.

Frío, pobreza y pandemia: historias de comedores que viven momentos críticos e imploran por ayuda. Foto: Los Andes.

“Antes teníamos unas 200 personas y ahora estamos en 400, por lo menos”, resume Patricia Evangelista, quien aclara que –al igual que en la mayoría de estos espacios-, en contraposición con el aumento de asistentes, están recibiendo cada vez menos ayuda. “Estamos necesitando alimentos no perecederos, arroz, azúcar, pañales. Y encima ahora viene el frío, por lo que se suma la necesidad de frazadas, colchas y ropa. En el comedor estamos trabajando a puro pulmón. Damos comida y merienda. Y los jueves y viernes son los días en que más gente viene”, continuó Patricia, quien ya tiene en claro que no es solo quien cocina y entrega la comida, sino que ha llegado hasta a convertirse en un sostén psicológico para quienes llegan al lugar.

Cómo ayudar

Quienes puedan o quieran ayudar a Patricia Evangelista, ya sea con mercadería para el merendero Granito de Fe o con ayuda para Macarena y su hijita de 2 años, pueden comunicarse con Patricia al 2612434130.