Nostalgias de una mendocina cincuentona

Dique El Carrizal
Dique El Carrizal

Los cumpleaños son fechas que con más o menos trascendencia -según la época, la edad y cada persona- invitan a mirar hacia atrás y hacia el futuro. Aquí un puñado de recuerdos en el umbral de los 50 años.

Los cumpleaños se prestan para recordar momentos, más cuando una llega al medio siglo y mira para un lado y otro como quien se para en un punto de una recta. Para atrás está todo lo conocido, la nostalgia de lo que fue; para adelante, esa aventura que se llama futuro.

A cincuenta años de haber abierto los ojos en este mundo me vinieron a la mente -y al corazón- cientos de imágenes de la infancia.

Aquellas tarde dominicales con mis primos, cuando hacíamos improvisaciones en el patio de mi casa del barrio Serrano de Godoy Cruz. Nos disfrazábamos con lo que encontrábamos y nos sentábamos a la mesa de Mirtha Legrand, ante platos llenos de fideos de papel de diario; o hacíamos acrobacias sobre la soga sin red (una soga de saltar extendida sobre el jardín).

Aquellos fines de semana de campamento con toda la familia al mejor estilo “de los Campanelli” en los lugares desolados de El Carrizal; las madrugadas frías de pesca; las tardes en el lago verdoso lleno de lama para calmar el calor.

O las minivacaciones en la montaña en la combi Volkswagen a la que mi papá le había puesto unas tablas para armar una cama. O los veranos en una casa de Monte Hermoso, alquilada por mis abuelos paternos.

Aquellos días desde que terminaban las clases hasta que llegaba la Navidad cuando iba a la casa de mis abuelos maternos para oficiar de secretaria y tomar los pedidos de lechones (mi abuelo le vendía a particulares y negocios) para las Fiestas... O cuando esos sábados de verano a la nochecita me ponía el “vestidito de salir” para ir a dar una vuelta...

Recuerdos de infancia
Recuerdos de infancia Foto: Alejandra Vargas

O las carreras de autos que transmitían por TV durante las mañanas dominicales, mientras los adultos tomaban el vermú y los chicos, el amargo serrano. O cuando esos mismos domingos, al terminar la sobremesa, me sentaba en el sillón del living a ver las (repetidas) películas de Palito Ortega o de Sandro.

Aquellas jornadas en las que me quedaba a dormir en el departamento de mi abuela paterna -en plena avenida Sarmiento, entre San Martín y 9 de Julio- y me preparaba un churrasco con tomate (perita, pelado al vapor) para almorzar y un sanguchito calentito de pan lactal con queso para acompañar el tecito de la mediatarde.

O esas tardes en las que bajábamos al pasaje San Martín, donde me ponía a ordenar el escaparate del negocio de tarjetas que había a la entrada por Sarmiento.

Aquellos fines de clases, cuando el premio del año de estudio era la salida con mis papás y mis hermanos a Soppelsa para pedir un helado ¡en barquillo! (todo un lujo).

Aquellas tardes, cuando poníamos los discos de Rafaela Carrá y Katunga y cual coreógrafas inventábamos bailes con mis hermanas en el patio de la casa del carril Godoy Cruz (Guaymallén).

Los recuerdos siguen... podría escribir hasta el infinito, pero lo más probable es que sólo le interesen a mis familiares...

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