El martes último, cerca de las 14:30, tres adolescentes de entre 16 y 14 años se habían reunido en uno de los espacios verdes en las inmediaciones de la Parroquia Santa Bernardita, en el barrio Unimev. Habían salido del colegio hacía ya unos minutos cuando, repentina y violentamente, dos hombres se acercaron y -tras golpear a uno de ellos (un joven de 16 años)- le robaron la bicicleta, los celulares y huyeron con total impunidad.

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“Mi hijo estaba muy tranquilo, con otra chica de 16 años y una más de 14 años. Habían salido de la escuela y estaban en ese lugar, que ni siquiera está alejado, sino que es en plena calle Pedro Vagas. Encima mi hijo tiene algunos problemas de salud en una de sus piernas y en la piel, y lo sujetaron por detrás y le pegaron muchas piñas en la cabeza, en la nuca y en las costillas. Hasta le quedó un poquito nublada la vista”, recapituló Rosario Marchesi (45), madre del adolescente agredido y asaltado y quien es cajera en un supermercado.

Parroquia Santa Bernardita, en el barrio Unimev.

Según relató la mujer, los asaltantes se llevaron la bicicleta del menor, los celulares de los tres y se fueron caminando sin grandes sobresaltos y sin siquiera intentar apurar el paso para que su robo no se frustre. Además, Rosario destacó que esperar a la policía, además de radicar la denuncia fueron otros episodios casi tan traumáticos como el robo en sí. “El barrio Unimev es una zona liberada, a todas las personas con las que he hablado han sufrido un robo o asalto. Y ni siquiera hay cámaras de seguridad. Estamos juntando firmas y dispuestos a reunirnos con quien sea para que instalen cámaras en el barrio”, destacó con enojo y bronca la mujer.

Un martirio

Rosario es madre soltera y vive con sus dos hijos -entre ellos, el mencionado adolescente de 16 años- a tres casas de la parroquia, en ese importante barrio guaymallino. El joven que fue víctima del violento asalto, por su parte, estaba con dos amigas en uno de los espacios verdes lindantes con una conocida heladería de la zona.

“Los asaltantes eran dos, uno de ellos muy alto y corpulento y que tenía un tatuaje en uno de sus brazos. Cuando sorprendieron a mi hijo y sus amigas, no solo lo golpearon a él, sino también a las chicas. Y el instinto natural de él fue proteger la bici que acababa de regalarle yo y que todavía no había empezado a pagar. Pero le pegaron muy fuerte”, continuó Rosario.

Teniendo en cuenta la hora a la que fue el asalto y la locación neurálgica en la que estaban -con otros tantos vecinos en las inmediaciones-, a la mujer le cuesta entender cómo ninguna otra persona intervino en el episodio para ayudar o evitar el asalto. “Pedía ayuda a los gritos, pero los ladrones se fueron caminando como si nada, con la bicicleta y los celulares”, insistió.

La mujer se había acostado a descansar un ratito antes de entrar a trabajar en el supermercado, pero la calma de la siesta se vio interrumpida por el asalto y la golpiza a su hijo. “Ni bien pasó todo, además de llamar a la policía y empezar a padecer eso, compartí en mi Facebook la noticia y una foto de la bicicleta de mi hijo. Esa misma noche me llamó una amiga de la primaria que vive a tres cuadras y me dijo que había aparecido una bici en su casa y, cuando la vi, era la de mi hijo. Los ladrones la habían dejado tirada ahí”, prosiguió Rosario Marchesi.

Vecinos del barrio Unimev insisten en la instalación de cámaras de seguridad y sostienen que se trata de una "Zona liberada". Foto: Imagen ilustrativa (Archivo Los Andes)

La mujer se ha puesto como meta que su reclamo de instalar cámaras de seguridad en la zona sea escuchado y puesto en marcha. “No quiero que baleen a mi hijo. La bicicleta apareció, pero no me importa. Gracias a Dios mi hijo está vivo”, pensó en voz alta.

La espera interminable

La mujer también se refirió a lo dura que fue la espera hasta que llegaron los efectivos policiales a su casa y los instantes previos a poder radicar la denuncia. “Por los nervios, me costó llamar al 911. Pero cuando me pude comunicar y relaté todo, me dijeron que ya enviaban un móvil. El tema es que vivo a dos cuadras de la comisaría, pero se demoró más de 25 minutos. Para colmo, cuando veo venir el patrullero, prácticamente me paré en la mitad de la calle a agitar los brazos para que me vea. Pero el móvil dobló para el otro lado, me dijeron que no me habían visto”, contó la mujer, y revivió la bronca de todo el momento.

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Cuando la mujer se dirigió a la Oficina Fiscal 18 para radicar la denuncia formal, también debió vivir otra insólita situación. “Golpeé la puerta varias veces, pero no me atendían. Después de insistir, salieron y me dijeron que estaban almorzando y que iba a tener que esperar. Fue increíble, nos habían robado, habían golpeado a un menor y me dijeron que tenía que esperar. Una hora estuvimos para que nos atiendan y nos tomen la denuncia”, concluyó.