Si hay algo que no nos enseñaron en las escuelas de Periodismo y en las Facultades de Comunicación Social es a cómo contar una pandemia, cómo poner en palabras un confinamiento mundial y hablar de un día para el otro de fronteras cerradas, actividades paralizadas y reflejar cifras de muertes que escalaban a niveles atemorizantes con cada nueva actualización. En la teoría y en la práctica nos enseñaron a informar accidentes de tránsito, crímenes, cuestiones bélicas, actos terroristas entre otros sucesos vinculados, casi siempre, a un país o región en particular. Pero a narrar en presente el momento en que el mundo se detuvo, nadie nos enseñó.

Lo que nos tocó a periodistas y comunicadores a partir del 20 de marzo de 2020 fue un continuo aprendizaje, una seguidilla de prueba y error sobre como narrar postales que nunca antes habíamos visto. La población allá afuera debió refugiarse en sus hogares, y aquí dentro las redacciones, sobre todo de medios digitales, diseñamos nuevas estrategias para trabajar en un contexto totalmente desconocido.

Sin dudas que uno de los principales desafíos que como comunicadores debimos asumir fue la incorporación de palabras que resultaban extrañas y lejanas hasta ese momento; un glosario de nuevos términos que el Covid nos instauró. Coronavirus, contacto estrecho, hisopado, cepa, circulación comunitaria, transmisión por conglomerado, aplanar la curva, fueron solo algunas de las expresiones que debimos aprender e incorporar. Y cuando digo prueba y error me refiero, por ejemplo, a cuando pasamos de decir barbijo a tapa bocas, correcta diferenciación señalada por las autoridades sanitarias que también iban trabajando y gestionando sobre un terreno totalmente irreconocible. El lenguaje crea realidades, por eso elegir las palabras de manera atenta y comprometida se convirtió en la premisa principal.

Otro cambio sustancial se dio en nuestras agendas de trabajo que, acostumbradas a registrar un sinnúmero de eventos para cubrir que implicaban movilización y una logística particular, desde marzo pasaron a recordarnos horarios de conferencias virtuales. Si bien ya no debíamos salir de casa y subirnos a un vehículo para llegar a cubrir la actividad, ahora teníamos que conectarnos al Zoom o canal de YouTube para “asistir” al evento, realizar preguntas y redactar la nota.

Para quienes también hacemos televisión el cambio fue muy notorio en el formato de los programas. Sin invitados en el piso y con eventos suspendidos, las entrevistas por Zoom, o cualquier otra plataforma, se convirtieron en la herramienta más utilizada. Hacíamos televisión desde casa, improvisando muchas veces trípodes, escenografía y haciendo malabares para encontrar la mejor iluminación dentro de las paredes de nuestro hogar.

El desafío fue grande pero salimos a la cancha y sostuvimos los espacios informativos de la mejor manera que pudimos hacerlo. La pandemia nos enseñó a optimizar recursos, a observar los hechos en perspectiva y, sobre todo, a trabajar en red fortaleciendo el vínculo con colegas de otras ciudades, de otras provincias e incluso de otros países; pues contar el coronavirus era el denominador común.

La epidemia en medio de la pandemia

Desde el lado de la comunicación, la Infodemia fue el otro mal que debimos atravesar en 2020. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió, a principios de abril, sobre las fake news (noticia falsas), una práctica que consiste en difundir noticias falsas sobre la pandemia y que aumente el pánico en las sociedades.

“La enfermedad por coronavirus (COVID-19) es la primera pandemia de la historia en la que se emplean a gran escala la tecnología y las redes sociales para ayudar a las personas a mantenerse seguras, informadas, productivas y conectadas”, expresaron desde el organismo internacional. Sin embargo, esa misma tecnología es la que dio lugar a la infodemia “que sigue minando la respuesta mundial y comprometiendo las medidas para controlar la pandemia”.

La infodemia fue entendida así como la epidemia informativa dentro de la pandemia, “la divulgación de información errónea y falsa puede perjudicar la salud física y mental de las personas, incrementar la estigmatización, amenazar los valiosos logros conseguidos en materia de salud y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública, lo que reduce su eficacia y pone en peligro la capacidad de los países de frenar la pandemia”.

Ante esta advertencia por parte de la OMS, a los periodistas nos cabe el rol de garantizar un periodismo confiable, certero y cercano socialmente. Aprendimos a comunicar en pandemia y también lo estamos haciendo ahora en este momento de transición con un plan de vacunación en marcha que trae esperanzas y deja ver la luz al final del túnel. Sin embargo, como todo en este contexto mundial es impredecible, nos queda el desafío de la pospandemia, seguramente con nuevos caminos para recorrer.