Dicen que lo difícil es seguir intentando cuando las probabilidades no te favorecen.

Que es ahí cuando se ve la constancia y valentía de las personas.

Cuando a pesar de tener todo en su contra, se arremangan y siguen luchando.

A pesar de las probabilidades de éxito.

A pesar de lo que se diga.

Es cierto, seguir escalando la montaña es un desafío que, cuanto más empinada es la ladera, más noble se vuelve.

A diario se escucha que no hay que rendirse.

Porque darse por vencido es sinónimo de debilidad.

Empero, no todo es blanco o negro en la vida.

Hay que tener cuidado con manejarse solo en los extremos.

Es cierto que cuando más jodido se pone todo es cuándo más hay que remar.

Vamos, que nadie dijo que cumplir metas fuera fácil.

Hay que estar dispuesto a sacrificar lo que haya que sacrificar.

Pero también es cierto que uno de los desafíos más grandes en la vida es conocer nuestros límites tanto como nuestra capacidad. Saber distinguir el miedo a correr riesgos, a lo desconocido, de estar insistiendo en un lugar que no nos corresponde.

Hay que ser muy sabio para aceptar que hay cosas que por mucho que se las persiga, no se van a dar. No se trata de conformarse, ni de rendirse, sino de saber parar.

Es, en realidad, la expresión de conocerse lo suficiente como para dejar de gastar tiempo, fuerza y energía en algo que no sucederá.

Todo el mundo habla de lo admirable que es el seguir luchando en medio de la adversidad, pero no es tan común escuchar admirar a quien supo reconocer cuando retirarse, a pesar del dolor y la frustración que eso pudiera significar.

Que lo cierto es, cariño, que soltar, por muy increíble que parezca, siempre fue más difícil que aferrar.